Hay Que Elegir el Sufrimiento Redentor

Vengo de una familia que ha experimentado profundamene la relación entre el sufrimiento y su poder curativo. Permítanme compartir con ustedes un poco de mi historia. Cuando tenía 20 años, mi padre fue diagnosticado con un cáncer benigno en el cerebro. Los doctores llevaron acabo dos operaciones muy delicadas para remover el cáncer y, gracias a Dios las sobrevivió. No obstante, nunca regresó a la normalidad puesto que el cáncer que le removieron era del tamaño de una toronja. Después de sus cirugías, mi padre quedó en estado de semicoma por ocho años.

Poco después de la hospitalización de mi padre, entré al seminario menor. Recuerdo haberle dicho a mi querida madre que tenía intenciones de dejar mis estudios para poder trabajar y ayudarle. Ella me lo prohibió. Me dijo que prefería que siguiera en el seminario y que le echara ganas a los estudios. Por ocho años mi rutina era mis estudios y vida de seminarista e ir a visitar a mi padre (con mi madre) en elhospital Rehab cada dos semanas.

El día 20 de mayo del 1995 tomó lugar mi ordenación al sacerdocio en la catedral del Santo Nombre. Una maravillosa religiosa, que consideraba como madre espiritual, vino a mi ordenación. Después de la ceremonia, cuando los nuevos “curitas” ofrecen su primera bendición a los familiares y amigos, ella se acercó y me dijo: “Llegaste al sacerdocio porque te has beneficiado de los méritos del sufrimiento de tu padre.” Este fue el primer momento de epifanía que tuve sobre el sufrimiento redentor y nunca lo he olvidado. ¡Nueve meses después de mi ordenación, mi querido padre murió en gracia!

Años después, tuve otra gran experiencia con el sufrimiento redentor. Me llamaron a ofrecer el sacramento de la Unción de los Enfermos a una señora de gran fe que sufría de osteoporosis. La señora tenía mas de 70 años y se iba a someter a una cirugía peligrosísima que esperaba reconectar los huesos de su cráneo a la espina dorsal. Sus huesos eran tan frágiles que los médicos temían que ya no iban a poder sostener la conexión de cráneo con la espina dorsal.

Cuando llegué el hospital encontré a la señora en su habitación con sus cuatro hijos: tres hijas y un hijo. Era obvio que ellos estaban sumamente preocupados por la salud de su madre y por la riesgosa cirugía. Les pedí que me dejaran solo en el cuarto con su madre para escuchar su confesión. Le pregunte: “Mientras te preparas para esta cirugía, ¿qué es lo que más temes?” Ella me respondió: “¡Tengo miedo de no sufrir bien!” Al escuchar su respuesta, me quede en shock. Su mayor temor al confrontar la posibilidad de la muete era no tener las fuerzas para enfrentarse a ello con el debido valor y fe de una verdadera cristiana. Celebré el Sacramento de la Unción de los Enfermos con esta querida enferma, pero el que salió sanado fui yo.

La enfermedad del Coronavirus nos obliga a ver la verdadera y horrorosa cara del sufrimiento humano. No obstante, cuando vemos más de cerca esta realidad, nos damos cuenta de que, fundamentalmente, el sufrimiento exige una respuesta de cada uno de nosotros. Al enfrentar el dolor en nuestras vidas encontramos dos caminos que podemos tomar. El primer camino es el de la desesperación, soledad, temor y obscuridad. En el otro encontramos fe, valor, esperanza, amor y vida. El que elige el camino dela fe tendrá que unir su propio sufrimiento al sufrimiento redentor de Cristo. No solo la muerte de Cristo redimió al mundo sino toda su pasión. Cada bofetada, escupida, insulto, espina, clavo que perforó su cuerpo, muerte y resurrección. Para hacer del nuestro un sufrimiento redentor tendremos que haber escuchado y seguido las palabras de Cristo cuando dijo: “¡tomen su cruz y síganme!” (Mat. 16:24) Siguiendo a Cristo por el camino del sufrimiento redentor se entiende lo que el Apóstol San Pablo nos quiere comunicar cuando dijo: “Ahora me alegro en medio de mis sufrimientos por ustedes, y voy completando en mí mismo lo que falta de las aflicciones de Cristo, en favor de su cuerpo, que es la iglesia.” (Colonienses 1:24)

El sufrimiento redentor ofrece a los enfermos y a aquellos que los cuidan, una oportunidad para conocer a Cristo de una manera especial. Cristo acerca sí mismo a los que sufren en su experiencia de Gólgota y, al igual que le dijo al ladrón arrepentido, nos dice a nosotros: “¡Hoy estarás conmigo en el paraíso!” (Lucas 23) Para los que ayudan a los que sufren, el sufrimiento redentor les ofrece una oportunidad de expresar su amor a Cristo a través de atender las necesidades de los enfermos. En verdad, el sufrimiento redentor transforma al que sufre en la persona misma de Cristo. Cristo nos recuerda esto cuando anunció: “¡Cuanto has hecho por el más pequeño de los míos, lo has hecho por mí!” (Mateo 25:45)

Siempre habrá pronosticadores que dicen que las cosas estarán más difíciles en las próximas semanas en cuanto a esta pandemia. Todos, los católicos y la gente de buena voluntad, tendremos que enfrentar la dicotomía que el sufrimiento humano nos ofrece. Podemos elegir el pánico o buscar a Cristo en cada persona que nos rodea. Yo prefiero el camino de fe y el sufrimiento redentor. Cristo siempre está con nosotros. Lo que hagamos y le digamos cuando lo encontremos es cosa de cada uno.

2020-03-27T20:23:11+00:00
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